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DE LA INSUFICIENCIA ALMÁTICA PARA LA EPISTEMOLOGÍA INTEGRAL

Por cristianogiv - 12 de Agosto, 2006, 2:47, Categoría: General


ARGUMENTOS TEOLÓGICOS, EPISTEMOLOGÍA, ÉTICA Y EXISTENCIA (7)



Capítulo VII




DE LA INSUFICIENCIA ALMÁTICA

PARA LA EPISTEMOLOGÍA

INTEGRAL




Según el amplio análisis de F. Jarauta, Kierkegaard, en su diferenciación y relación dialéctica de los elementos que, según él, constituyen el yo, enfrenta la finitud a la infinitud, el cuerpo al alma, la posibilidad a la necesidad, la eternidad a la temporalidad, la idealidad a la realidad, y la universalidad a la individualidad. Y con Fichte atribuye Kierkegaard a la fantasía y a la reflexión la capacidad de hacer infinita a la finitud del yo concreto, en la idealidad.

De nuevo parece confundir Kierkegaard el elemento fundamental de la comunión del Pacto con Dios. Aún no se libera del idealismo plenamente, y confunde el espíritu con la función racional almática de la imaginación, la cual sigue siendo apenas un intérprete de la verdadera infinitud, la del Dios que es Espíritu, allegable al hombre concreto en la intuición, comunión y conciencia de su espíritu humano.

No debe tampoco confundirse, como hace Hegel, el Dios que es Espíritu, real y concreto, eterno, necesario e inmutable, con la mera proyección progresiva racional en devenir, de una Síntesis abstracta concebida en la mente finita del hombre. Kierkegaard, en su reacción ante Hegel, no logra liberarse del todo de los confines almáticos del idealismo y del racionalismo. Kierkegaard no penetra basta la realidad intima del espíritu, en la que sí penetran los místicos de la vida interior. De manera que en Kierkegaard, la verdadera relación de lo finito y lo infinito permanece en silencio; y de allí su salto en las tinieblas.


Dicha verdadera relación de la finituå y la infinitud se da en el espíritu, en la experiencia religiosa de la regeneración cristiana y en su correspondiente vida auténticamente espiritual. En la identidad de la fantasía y reflexión meramente almåtica, apenas se interpreta tal relación, pero no se da intrínsecamente, a menos que la razón sea renovada par la presencia de la vida espiritual que ingresa desde la interioridad intuitiva. Pero, si el individuo carece de la experiencia epistemológica mística en el espíritu, la razón se queda a oscuras, apenas suponiendo o adivinando, sin los suficientes elementos de juicio para funcionar hermenéuticamente con suficiencia.

No debe confundirse, como acontece en Hegel, el Logos inmanente con el Espíritu Divino Trascendente. Aunque ambos se refieren a Dios, no obstante su aproximación al hombre es por diversos canales. La coherencia racional del Logos se corresponde con los parámetros lógicos, estéticos, y éticos-naturales del alma y de su entendimiento.

Pero su Personalidad Espiritual Trascendente y coinherente en la Divina Trinidad es aprehensible místicamente por el espíritu humano, distinto en función del alma intérprete. Se ha dicho que es en el espíritu donde se da la verdadera relación, concreta y real, de lo finito y lo infinito, la cual llena de Su Unción al espíritu renovando al alma que ahora sí se hace capaz de una hermenéutica segura, y cuánto más mientras su experiencia concuerda con los Términos inspirados divinamente de la Revelación Escrita. De lo anterior se comprende por qué el apóstol Pablo (1 Corintios 2.12-16 y 3:1-3) diferencia al hombre espiritual o pneumático, del hombre psíquico y carnal. Este último no está capacitado para percibir las realidades espirituales; y esa es la razón por la que también personas místicas como Madame Guyom resultan incomprensibles para racionalistas religiosos. Tal carencia epistemológica mística y espiritual quizá sería la que impidió a un hombre como Bossuet comprender a Fenelón. Este último, en cambio, sí se mostró afín con Madame Guyon. Nuestro reconocimiento de la Guyon y de Fenelón no implica, sin embargo, atribuirles infalibilidad en su eclesiología.


En tal área de la Revelación reconocemos la vanguardia más bien a Watchmam Nee To Sheng. Pero reconocemos en los anteriores un verdadero liderazgo en la experiencia mística. Madame Guyon también confesaba su comunión espiritual con F. La Combe. Antes de ellos siguió ese camino Miguel de Molinos. Véase su obra "Guía Espiritual".

El error fundamental hegeliano, del que no pudo liberarse plenamente Kierkegaard, a pesar de su reacción existencialista, es constituir a la Abstracción del Absoluto en su misma realidad, su autoconciencia histórica en el hombre, tal cual el Adam-Kadmón. Todo ello es consecuencia de su experiencia intelectual almática. La realidad es que la Abstracción del Absoluto no es la infinitud misma, sino apenas su imperfecta imagen ideal y racional que debiera corresponder a la realidad trascendente del Espíritu Personal Divino, el cual es conocido místicamente mediante el espíritu humano, cuyas funciones son las de intuición, comunión y conciencia. Tal verdadero conocimiento espiritual, tal relación dialéctica, se da en la experiencia de los místicos cristianos, permitiéndoles aprehender, contener y expresar a Dios, impresionando con su Presencia canalizada.

También les permite tal relación conocerse a sí mismos en su verdadera estructura dialéctica, contingente y necesitada de la Gracia. No se da tal experiencia en el misticismo inmanentista del panteísmo oriental, donde más bien se da la influencia demoníaca, pues en sus métodos se cumplen las condiciones mediúmicas para ella. Y es que tal panteísmo desconoce la Trascendencia Divina, por lo cual se reenfoca en el politeísmo espíritu. Tampoco se da la experiencia mística trascendente plena en el Islamismo, debido a su dualismo extremo no dialéctico, que descalifica al mismo Mahoma, y debido a su desconocimiento de la Encarnación del Verbo y su apropiación por medio del Espíritu.

Ni se da en el Judaísmo legalista, que también como el Islam abandona al hombre a sus propias fuerzas imperfectas, ignorando la profunda avanzada revelacional de Espíritu Divino de Gracia tal como se da exclusivamente a plenitud en el llamado Nuevo Pacto del Cristianismo Bíblico, no oscurecido por el cuasi-pelagianismo jesuítico resultante del humanismo aristotélico-tomista-erasmiano, cuya mayor oscuridad se da en Teilhard de Chardin y en las conexiones sinárquicas de Adam Weishaupt.

La reflexión kierkegaardiana, que haya la conciencia del yo concreto entre la realidad y la idealidad, a veces rehúsa su supuesta infinitización en la proyección ideal, y se concreta más bien en lo fáctico. De allí el positivismo posterior y el existencialismo particular sartreano, mucho más confinados que el racionalismo cartesiano y que el existencialismo teísta kierkegaardiano. Se desembocaría así inevitablemente en el absurdo y la relatividad; elementos que dinamizan la descomposición anárquica y el caos, la confusión perpetua.

Kierkegaard vislumbra en su conciencia del yo concreto, a lo que llama síntesis de su realidad e idealidad, dos aspectos: el del conocimiento y el de la ética. Lo que en Kant diferenciaba la razón pura y la razón práctica. En el Tripartismo, en cambio, la conciencia de Dios, de Quien provienen los valores morales absolutos y la conciencia de éstos, corresponde a la función más íntima del espíritu.

La traducción e interpretación racional cognoscitiva, hermeneuta de lo más interior y de lo más. exterior, pertenecen en cambio a la mente del alma. De allí que un mismo lenguaje pueda resultar pleno o hueco según la ausencia o la presencia de la Unción de la Vida de Dios y su Santa Naturaleza propia morando en el espíritu del hombre regenerado en Cristo. La presencia de la vida divina en el espíritu humano hace que la realidad mística de los valores éticos definidos y nombrados racionalmente, sea identificada por su naturaleza, no sólo por la razón, sino intuitivamente a manera de vivificación ferviente y fervorosa de la voluntad, dinámica, percibiéndose el contenido místico y mismo de la verdad.


Una cosa, por ejemplo, es decir "vida y paz", y comprender lo que significa, otra cosa es recibirlas y experimentarlas. El lenguaje no ungido, ajeno al contenido místico, es meramente externo y apenas incide en la comprensión racional, pero sin comunicar la realidad propia de la naturaleza comunicable; o sea, sin la auténtica comunicación dialéctica mística y epistemológica-espiritual. Es por ello que la epistemología debe abrirse a la mística del espíritu, que suple el contenido a los conceptos racionales en este respecto. La epistemología debe acatar el contenido del argumento teológico revelacional, además de su discurso. La realidad mística de tal argumento que justifica a los demás periféricos, es la exégesis vital antecedente y certificante que acompaña a la exégesis ortodoxa racional de la Revelación. Todo lo cual significa confianza en el compromiso de Dios a actuar en el presente. Compromiso que Dios mismo ha adelantado, ha querido y prometido asumir, reservándose la iniciativa, de la que da místicas evidencias al corroborar hoy lo prometido y previsto ayer en las Sagradas Escrituras. La Vida de la Palabra Divina produce el oír en el hombre, y engendra la fe mediante la que se recibe la promesa del Espíritu.

En esta vertiente hemos desembocado más bien en el "Evangelio de Dios", del testimonio paulino en lo humano, y cristiano en lo divino. Y el Evangelio de Dios que posee el Cristianismo no es de carácter meramente Occidental, sino de carácter Universal, como corresponde a los propósitos soteriológicos de Dios, quien invita a los hombres de todas las culturas, estados y situaciones sin discriminación ni acepción.

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