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LA NECESARIA CONTEXTUALIZACIÓN

Por cristianogiv - 12 de Agosto, 2006, 4:32, Categoría: General


HACIA LA INTEGRALIDAD (7)


Capítulo 7


LA NECESARIA
CONTEXTUALIZACIÓN


La predicación y obediencia del Evangelio nos colocan, en relación a sus textos y aplicaciones, en lo que José Miguez Bonino ha llamado una "doble locación"; es decir, la localización del texto en el contexto en que fue escrito, y la localización del mismo texto en el contexto actual en el cual hay que obedecerlo.

La visión teísta, a diferencia de la monista del materialismo dialéctico, nos facilita la correlación de estas dos locaciones en una misma realidad. Nosotros los teístas vemos al texto ligado al Espíritu de un Dios supratemporal y eterno, omnipresente, y por lo tanto presente en las dos locaciones. Es Dios mismo, pues, nuestro foco de intelección y aplicación gracias a Su Santo Espíritu.

El materialismo dialéctico, en cambio, con su visión antifijista y antiestática, está sujeto a una permanente indefinición epistemológica, similar a la que, muchísimo antes de Hegel, apareció entre los griegos con Heráclito de Éfeso; tan afin al antiguo cabalismo promotor del Adam-kadmón, precursor de la antropofanía liberacionista, preparador del superhombre anticristo. Es tal ideología filosófico-religiosa esotérica la que subyace, pues, en el liberacionismo, especialmente de Gustavo Gutiérrez, y convierte a la praxis inmediatista y contingente en el elemento primordial de su hermenéutica. La praxis cristiana, gracias a su trascendencia espiritualista, se libera del mero inmediatismo y de la contingencia, y de la indefinición epistemológica permanente, antesala del escepticismo.

Aunque en el caso del marxismo, claro está que se trata apenas de un escepticismo estratégico al servicio del fijismo de la "utopía". Los verdaderos entretelones de tal utopía y su fijismo son, simple y llanamente hablando, los propósitos de la rebelión luciferiana, donde la criatura se sienta en el trono en lugar de Dios. He allí el núcleo más íntimo que alimenta toda la edificación conceptual del inmanentismo dialéctico, pretendida justificación de la revolución querúbica.

El cristianismo, en contraparte, así como ve en Jesucristo mismo su ejemplo de hermenéutica, y no sólo su ejemplo, sino también su virtud intrínseca, y como ve en Él igualmente el ejemplo, y en Él tiene la virtud intrínseca también de su praxis, así igualmente el cristianismo tiene en Jesucristo mismo su ejemplo y virtud de contextualización.

Al referirnos a Cristo como virtud, recordamos su amonestación a sus contemporáneos; amonestación válida también para nosotros, la cual reza:

"Escudriñáis (gr.) las Escrituras, porque en ellas os parece encontrar la vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí, y no queréis venir a mí para que tengáis vida" (Jn. 5:59).

En atención a esta palabra es por la que, a una voz con el Dr. Emilio Antonio Núñez, proclamamos en la Declaración de Medellín '88 que no queremos ser meramente bibliólatras, ni biblicistas, sino bibliófilos, en el sentido de amar para obedecer la Palabra Viva de Dios.

Tenemos, pues, a Cristo como virtud. Y en cuanto le tenemos también como ejemplo y modelo, y en cuanto respecta a contextualización, nos corresponde investigar, en Su virtud, todas las aplicaciones hechas por Jesús del texto veterotestamentario a Su propio tiempo y al futuro. Tales estudios nos aclararían, a la luz de Su vida histórica y además compartida a nosotros espiritual y actualmente, la utilización legítima, de la que también hablaba Pablo (1 Ti. 1:8), de la Torá.

Algo digno de verse en el uso que Jesús hacía de los textos veterotestamentarios, es su posición teocéntrica. Todo lo relacionaba con Dios. Bien vale la pena recordar también aquí su amonestación a Pedro, la cual nos ilustra su permanente orientación interior:

"¡Quítate de delante de mí, Satanás!; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres" (Mt. 16:23).

Tal vinculación teocéntrica es la que coordina las locaciones y libera la praxis de perderse en la contingencia, otorgándole un sentido trascendente. El compromiso teocéntrico de Cristo fue el determinante en Su hermenéutica de los textos que usó frente a la tentación satánica, la cual también le llegó a él con textos, pero desorbitados.

Un ejemplo digno de mención en este momento es Su aplicación a la resurrección de los muertos de la autodenominación divina ante Moisés como el Dios de Abraham, Dios de Isaac, y Dios de Jacob.

Jesús replica a los saduceos diciendo que Moisés enseñó la resurrección de los muertos en el pasaje de la zarza, al llamarse de tal manera el Señor, pues “Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, pues para él todos viven" (Lc. 20:38). Es decir, Jesús tomó ese texto del pasado y extractó todas sus implicaciones para el futuro, en razón de lo que Dios es en Sí mismo y en razón de lo que las cosas son para Dios y ante Dios.

Esto nos devela, pues, el vértice coordinador de las locaciones del texto, lo cual se constituye en principio de contextualización. Los objetivos, los principios, las estrategias y las medidas de la contextualización están referidas al Ser de Dios y a Su punto de vista.

Con esto queda completamente desterrada toda relativización escurridiza y camaleónica como la que caracteriza la estrategia hermenéutica del monismo inmanentista dialéctico.

Un Dios trascendente y Soberano, que ha planeado y elegido, es el que ha constituido a Su Hijo Jesucristo en virtud y modelo de hermenéutica, praxis y contextualización. De allí que la urgente prioridad y necesidad en la vida del hombre es la formación de Cristo, por el Espíritu de la Palabra revelada, en el fuero interior del individuo y de la Iglesia, como centro de irradiación de conducta, a la vez trascendente y contextualizada.

Los objetivos de la contextualización no pueden diferir de los objetivos centrales de Dios. La contextualización de la Iglesia debe más bien servir a tales propósitos divinos y sostenida desde ese eje, debe allegarse a la periferia y conquistarla para ello. La manifestación de la gloria divina es la línea directriz que debe orientar toda contextualización. Un desliz en este punto puede convertirse en traición, o el menos en inutilización.

Es por ello que uno de los primeros principios que rigen la contextualización es el de representatividad. Jesucristo vino en el Nombre del Padre, el Fspiritu Santo en el Nombre de Jesucristo, y la Iglesia viene entonces en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. La calidad de embajadores de Cristo debe ser conservada, y ninguna contemporización que disminuya o distorsione tal dignidad debe ser admitida. Nunca debemos perder de vista en la praxis contextualizadora el carácter de Reino de los cielos que se acerca.

Aunque somos enviados al mundo, no somos del mundo. La sal no debe perder su propio sabor, ni el deber de sacudirse el polvo de los pies en su debido momento puede ser eludido. La confesión íntegra, clara, valiente, sin temor, confiada en el Espíritu del Padre, y aun desde las azoteas, es propio de la investidura de autoridad. Dios es quien establece los términos.

Sin embargo, debemos también comprender que este principio de representatividad viene estrechamente relacionado al principio de encarnación. Oír hablar de encarnación sí nos suena más contextualizador. No olvidemos, sin embargo, que se trata de una encarnación representativa de doble vía. El Mediador Jesucristo hombre nos trajo a Dios y llevó al hombre al Padre. El ministerio de la Iglesia sigue esa misma ruta mediante el Espíritu de Cristo.

El principio de encarnación incluye o abarca a su vez varios principios. Por eso quizá sería mejor hablar de principios, en plural, de encarnación. Tales por ejemplo los principios de misericordia, condescendencia, compasión, abnegación, servicio. Pero aun más allá de esta primera fase desde el interior de la Kenósis, hay otra fase kenótica más comprometida y compenetrada, y es la que se refiere a los principios de adaptación, integración, familiaridad, semejanza y amistad medicinal.

Ya en ese plano se distinguen entonces otros aspectos de un principio de reconocimiento. Es la fase kenótica donde juegan los principios de valoración y receptividad. Pero aun más, el gran principio (o principios) de encarnación, aunque ha incluido las fases y principios mencionados, no se detiene sin antes radicarse también según los principios de localización y sumisión. Esta sumisión es debida al reconocimiento y está también estrechamente vinculada precisamente al reconocimiento de otra vía, secundaria y secular, de la representatividad. Porque la autoridad divina también ha delegado en el mundo, por la gracia, ciertas guarniciones. Por ello Jesús no resistió a los alguaciles, ni a Pilato, ni a los sacerdotes, sino que como oveja fue llevado al matadero. El camino, pues, del Reino pasa inevitablemente por la Cruz.

Estos principios, que no son otra cosa que la manifestación de la naturaleza divina en la humana de Cristo, de los llamados atributos morales divinos a través de las virtudes humanas, estos principios se corresponden entonces con ciertas estrategias. Pero se usa aquí el término estrategia como connatural de doble y convergente lealtad, a Dios y al hombre, a diferencia de la mezquina astucia manipuladora de los deshumanizadores. Uso aquí estrategia como sinónimo de eficacia en el servicio de Dios y de los hombres. Eficacia definida desde los valores de la Revelación Divina, perfectarnente afines al respeto por la dignidad humana, de cada persona humana en particular. Se trata, pues, de la praxis liberadora cristiana.

Las estrategias de la contextualización requieren la presencia del Espíritu para las equiparaciones y equivalencias necesarias en la aplicación de los textos de la Revelación a las condiciones imperantes.

 Tales equiparaciones y equivalencias son posibles gracias a la realidad, reconocida por la Biblia (Ecl. 1:9-11; 3:l4,15), de la repetición de la historia; es decir, de la similaridad de los eventos. Sí, incluso la crucifixión y resurrección de Jesucristo, eventos únicos e irrepetibles de la historia, son, sin embargo, permanentemente actualizados en la experiencia del Cuerpo de Cristo, en un sentido místico y muy real, hasta cierta menor medida, en sus vivencias de
llevar la cruz y andar en el Espíritu de resurrección.

Cuanto más se repetirá la similaridad de condiciones históricas, en los acontecimientos más comunes de la generalidad de los hombres "cortados por la misma tijera" de la descendencia adámica, y sobre el mismo planeta tierra. De modo que las equiparaciones y equivalencias propias y necesarias de la contextualización no se encuentran en un terreno completamente extraño, sino en el familiar y hasta maternal de la historia humana preñada por la sacra.

La convergencia de la doble lealtad, a Dios y al hombre, posible gracias al amor divino redentor, se constituye, pues, en la estrategia básica de la contextualización. Y esto implica varias consideraciones escriturales, ya que en los ejemplos registrados en las Sagradas Escrituras podenos observar los modelos de contextualización que establecieron Jesucristo y sus siervos por el Espíritu.

Además de la similaridad de los eventos, tenemos también la identidad subyacente de las necesidades humanas, debido a la hombridad esencial del género humano igualmente caído. Esta condición también facilitará la intelección para la contextualización.

Como ya decíamos, los principios y las estrategias de la contextualización son mutuamente correspondientes. Así como a los objetivos corresponde la representatividad, ésta a su vez se ciñe el delantal para encarar la integralidad de las condiciones humanas, las cuales, con cada hombre y otros seres, son objeto de la atención y providencia divinas. Avocarse, pues, a un tratamiento integral es lo propio de una contextualización efectiva.

La integralidad implica, por otra parte, la inclusividad. La primera con relación a las condiciones de todo hombre; la segunda con relación a todos los hombres en cuanto personas, sin distingos de raza, nacionalidad, sexo, clase, etc., pues, además del valor de cada ser humano, Dios ha determinado (Ap.5.9; 7:9) cobijar con Su pabellón a hombres de todas las razas, pueblos, tribus y lenguas. Esto reprueba, pues, toda discriminación. La Cruz terminó con las enemistades y derribó los muros de separación. De todas partes somos, pues, acogidos sin acepción de personas, pero a la vez, guiados a la integración en un solo rebaño alrededor y bajo el Pastor Jesucristo. Dispuestos somos como miembros en un mismo Cuerpo, el de Cristo, sin desavenencia.

Ante tan amplio horizonte, no podemos menospreciar ni las más pequeñas minucias de las instrucciones misioneras de Jesús a Sus discípulos; tampoco las instrucciones y el ejemplo apostólicos.

Podemos ver entonces cómo las estrategias, y aquí es mejor decir las metas, de integralidad e inclusividad se corresponden con los principios de receptividad y valoración. Debe recibirse a quienes Dios recibe, y valorar a las personas no según las apariencias, sino con la valoración de Cristo, como en el caso de la pobre viuda que ofrend6 más que los ricos; o como en el caso de la Magdalena, a quien no se había de molestar porque hizo lo que podía. Asociarse a los humildes es también un deber, y no ofender con tropiezos ni a judíos, ni a gentiles, ni a la Iglesia de Dios, usando de nuestra libertad con consideración.

La amplitud del horizonte nos lleva al apropiado acomodo a las condiciones de los receptores. Es por eso que tenemos cuatro relatos del Evangelio; uno en Mateo para los judíos, otro en Marcos para los romanos, otro en Lucas para la gran gentilidad, otro en Juan para la Iglesia. El mensaje de Jesús a Nicodemo no fue en los mismos términos que aquel a la samaritana, aunque el fondo es indudablemente el mismo. Eso se corresponde al principio de adaptación. Es necesario ponernos en el lugar del otro como si nosotros mismos "estuviéramos presos". Pablo a todos se hacía de todo para la salvación de por lo menos algunos.

En esta simpatía se requiere la estrategia de la dosificación, como la que administraba Jesús cuando les daba conforme a lo que podían recibir (Mr. 4:33) y esperaba para administrar cuando no era la hora (Jn. 16:12). Su amistad era la de un médico que aceptaba y buscaba a los pacientes, pero para sanarlos, liberarlos, servirles y facilitarles la vida.

En todo este servicio, sin embargo, estaba atento a las prioridades. Así como las sazones requieren estrategia, la estrategia requiere también discernimiento y ocupación respecto de la jerarquía de las prioridades, a la luz de la voluntad del Padre. Primero los hijos, luego los perrillos; primero el reino, luego las añadiduras; primero lo de dentro del vaso, luego lo de fuera; primero el altar y el templo, luego el oro y la ofrenda; primero el camello, luego el mosquito; primero la justicia, la misericordia y la fe, luego el diezmo del eneldo y de la ruda; mayor que la fe y que la esperanza es el amor, y éste es un camino aun más excelente que los dones mejores que hay que procurar; primero la edificación de la Iglesia, luego la personal en las reuniones; primero la familia de la fe; dejando los rudimentos proseguimos a cosas mejores.

En fin, las consideraciones escriturales son básicas en la estrategia de la contextualización. Esperanza, paciencia, prudencia, tacto, sencillez, trabajo, evitando el descrédito, haciendo un uso sabio de lo viejo y de lo nuevo, guardándonos del maligno, del mal, de los hombres, del mundo, de la mala conciencia, de nosotros mismos.

Pero además de guardarnos, sabiendo también apelar, con santa y sabia selectividad, a César cuando es conveniente a la causa de Cristo. Apelaciones también a la misma cultura popular, igualmente con selectividad, como Pablo en Atenas, en Creta, etc. Acerca del ministerio, que es delegado primario para llevar a cabo una contextualización efectiva, recomiendo en estos respectos el libro de Nee "¿Qué haré, Señor?". Y en cuanto a la efectividad, también del mismo autor, "El Mensajero de la Cruz" y "El Testimonio de Dios".

Terminemos este capítulo diciendo que los principios y las estrategias de la contextualización están estrechamente relacionados a sus medidas conforme a sus objetivos. Y así como la virtud de Cristo y su ejemplo son las medidas de nuestra hermenéutica y de nuestra praxis, es de suyo que las medidas de la contextualización lo sean también Cristo mismo. Y en esto reconocemos los cristianos hallarnos no bajo el régimen de la letra, régimen viejo, sino bajo el nuevo del Espíritu. Cristo es el modelo y el contenido; ni más allá ni más acá de Él encontramos medidas válidas y eficaces con relación al propósito soberano y revelado de Dios.

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